En general —en todas las denominaciones cristianas— el bautismo constituye el rito de la iniciación fundamental. Es el signo sacramental por el cual una persona es consagrada en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, participando de la filiación divina de Jesucristo y entrando así a formar parte de su Iglesia. El Bautizado, por el hecho de pertenecer a Cristo, es incorporado a la Iglesia como miembro del Pueblo Santo de Dios. El Bautismo libera a la persona concreta de los efectos del pecado original y lo introduce en la nueva vida de Cristo, participando simbólica y eficazmente de su muerte y resurrección, y lo reviste por el Espíritu Santo en la dignidad de ser hijo de Dios.
Para las comuniones católicas, como la Iglesia Ortodoxa, otras iglesias orientales (Iglesia Armenia, Iglesia Etíope, etc.), la Iglesia Católica Romana y la Comunión Anglicana, así como para el protestantismo clásico (Luteranismo, Presbiterianismo, Metodismo y otros), el bautismo se considera un sacramento.
Las iglesias de la Reforma Radical o anabaptistas (bautistas, menonitas), y el Cristianismo fundamentalista (véase: fundamentalismo cristiano), lo consideran —no un sacramento—, sino una Ordenanza de Cristo.
Elementos simbólicos: agua bendita, cirio, óleo, etc.
Inicialmente se impartía sólo a adultos pero desde el siglo IV se empezó a impartir a niños, bajo la garantía y compromiso de la fe de sus padres. El ministro ordinario del sacramento es un ministro ordenado (Obispo, Presbítero o Diácono) o un bautizado cuando hay ausencia de ministro ordenado o, en casos muy particulares, cualquier persona (incluso un no bautizado) que lo imparta con la intención y en el modo con que lo administra la Iglesia.
El rito y la ceremonia esenciales del bautismo
El bautismo consiste (en la iglesia católica) en una ceremonia en que una persona que ha de unirse a la comunidad cristiana entra en contacto con el agua de cualquiera de estas tres maneras: inmersión, ablución (derramamiento) o aspersión.
La inmersión era la forma primitiva generalizada, y pervive en la etimología de la propia palabra «bautismo». De ello dan testimonio arqueológico las grandes fuentes bautismales del arte paleocristiano en numerosos templos cristianos en oriente y occidente, tanto los que siguen activos como los que yacen en estado de ruina. La inmersión sigue siendo la forma obligatoria en la Iglesia Ortodoxa y en todas las iglesias orientales (aun las que están unidas a Roma), así como en la Reforma Radical y en el Cristianismo Fundamentalista.
La ablución o derramamiento es la forma generalizada en el Catolicismo Romano; sin embargo, en estas mismas comuniones eclesiales la inmersión ha sido revalorada como un signo más expresivo del significado del bautismo, y se practica ampliamente en numerosas diócesis y parroquias. Es un hecho que tanto el Misal Romano (católico romano) como el Libro de Oración Común(anglicano) recomiendan la inmersión como la forma más apropiada para el bautismo.
La aspersión consiste en salpicar con agua; se trata de una forma autorizada sólo para casos de emergencia extrema (y nunca como forma regular), por las iglesias que reconocen la ablución como administración válida del bautismo.
A partir del Concilio de Nicea (325, d.C.), la ceremonia (acto) de la inmersión o ablución es obligatoriamente triple, y el rito (palabras) del bautismo propiamente dicho, se centra en la invocación de la Trinidad sobre la persona que ha de ser bautizada (candidato o bautizando), con variantes según el rito de cada iglesia:
«Es bautizado el siervo de Dios (nombre...), de Jesuscristo, Amén», como ejemplo del rito bizantino de la iglesia ortodoxa y otras orientales.
«(Nombre...), Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.», es el ejemplo básico del cristianismo occidental.
Algunas iglesias fundamentalistas acuden exclusivamente a los datos del Nuevo Testamento, y aplican el bautismo únicamente con la fórmula «En el nombre de Jesús». Este es un punto de discusión teológica que tiene qué ver con el concepto de Dios Padre, de Cristo y del Espíritu Santo, que se tenga en cada denominación.
Y el método de bautizar enseñado y ejemplificado es el de inmersión solamente ya que va ligado estrechamente al significado.
En realidad el concepto del bautismo se hace sobre el efecto de la inmersión, es decir, «sepultando» a la persona en el agua, tal como lo dejó como enseñanza el Señor Jesucristo, y podemos ver el Fundamento Bíblico en Marcos 1:10: «Cuando salió del agua». Aquí podemos ver el contenido de expresión del Evangelista Marcos en expresar en el texto: «Cuando salió del agua» y para salir del agua, necesariamente el Señor Jesucristo tuvo que sumergirse en el Río Jordán, ya que el Apóstol Pablo, en Romanos 6:4, lo confirma, en decir: «Pues, por el bautismo fuimos sepultados junto con Cristo para compartir su muerte y, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la Gloria del Padre, también nosotros hemos de caminar en una vida nueva», y lo vuelve a repetir en Colosenses 2.12. «Esta circuncisión de Cristo es el bautismo. Al recibirlo, ustedes fueron sepultados con Cristo y también fueron resucitados por haber creído en el poder de Dios, que resucitó a Cristo de entre los muertos».
